Índice del artículo
  • Más que compañía: el animal como figura relacional.
  • Procesos psicológicos en los que el animal influye.
  • Vínculos que sostienen procesos de duelo.
  • Referencias
  • Recomendaciones de lectura

Animal como parte (activa) del proceso:

El animal en el proceso terapéutico

Más que compañía: el animal como figura relacional.

Los vínculos significativos se tejen también con los animales que nos acompañan, enriqueciendo nuestra red afectiva más allá de lo humano. Muchas personas desarrollan relaciones profundas, estables y emocionalmente complejas con los animales con los que conviven. En el contexto terapéutico, este lazo puede adquirir un papel especialmente relevante, no como técnica o herramienta, sino como parte sustancial de la red afectiva y relacional del paciente. El animal de familia (aquel que forma parte del hogar, de la rutina y de la historia emocional de la persona) puede convertirse en una figura de sostén emocional, regulación y significado personal.

Desde una práctica psicológica sensible al vínculo humano-animal, resulta esencial integrar esta dimensión en el trabajo con el paciente reconociendo que la presencia, el recuerdo o incluso la representación simbólica de un animal puede influir en los procesos motivacionales, emocionales, vinculares e incluso cognitivos. Esta mirada no medicaliza la relación, ni convierte al animal en un recurso terapéutico estructurado. Lo sitúa, más bien, como un agente relacional activo, que participa en el proceso de cambio desde su lugar cotidiano en la vida del paciente.

El enfoque sensible al vínculo humano-animal, que es el enfoque que se propone en esta red, se diferencia de la terapia asistida con animales (TAA) en que en esta última se requiere la participación de un animal entrenado con objetivos clínicos específicos y bajo la supervisión de un profesional formado para ello. Cuando se incorpora al animal como parte del proceso terapéutico, sin demandar de él actividades o entrenamiento, se está poniendo el foco en el impacto emocional y psicológico que puede ejercer un animal de familia dentro del proceso terapéutico, de manera espontánea y natural. Desde una perspectiva profesional, ética y atendiendo al bienestar animal y humano, ambos paradigmas pueden coexistir y aportan beneficios diferenciales.

El objetivo, por tanto, no es evaluar si “funciona” tener un animal en la vida de una persona, sino comprender cómo se entrelaza esa relación con su historia emocional, sus estilos vinculares y sus procesos internos, como la motivación, la emoción, el proceso de vinculación y apego, entre otros. En algunos casos, este lazo actúa como modulador de la ansiedad, facilitador de la expresión emocional o fuente de estabilidad y rutina. En otros, puede reflejar dinámicas de dependencia o dificultades para vincularse con humanos. Ninguna de estas posibilidades es problemática en sí misma; lo relevante es poder leerlas con mirada clínica.

Un caso que refleja bien este enfoque es el de un niño de 10 años, apasionado por el atletismo, que tras un ictus perdió parte de su movilidad y tuvo que dejar de practicar su deporte favorito. La pérdida de esa parte tan importante de su vida le generó frustración y tristeza, emociones que le costaba expresar incluso en terapia.

Durante la rehabilitación conoció a un perro mestizo de terapia, con una antigua lesión de cadera que también limitaba su movimiento. Ya no podía correr, pero caminaba con calma y seguridad. Esa coincidencia se convirtió en un punto de encuentro. Al hablar del perro, el niño empezó a poner palabras a lo que antes callaba. Describía con empatía cómo debía sentirse su compañero al no poder moverse como antes, y en esas descripciones aparecían también sus propios sentimientos.

Cuidar de él, acompañándolo en paseos tranquilos, observar sus señales de cansancio o adaptar los juegos a su ritmo fue fortaleciendo su capacidad de planificación, flexibilidad y regulación emocional, en un entorno natural y afectivo.

La relación entre ambos se transformó en un espacio de crecimiento compartido, donde el vínculo actuaba como una vía espontánea de expresión y ajuste emocional.

Este tipo de experiencias muestran cómo el vínculo humano-animal puede integrarse en la práctica clínica desde una mirada sensible, sin recurrir a técnicas estructuradas, pero con una profunda capacidad transformadora.

La presencia de un animal puede tener un impacto profundo en el desarrollo de la alianza terapéutica. Algunos pacientes verbalizan con más facilidad sus emociones al hablar de su animal. Otros encuentran en él una fuente de calma o un motivo para cuidar de sí mismos. Y en algunos casos, el animal se convierte en un puente narrativo para acceder a experiencias emocionales que de otro modo resultarían inaccesibles. Este fenómeno, que no requiere intervención dirigida, sí exige sensibilidad y escucha por parte del profesional.

La presencia del animal puede potenciar o facilitar ciertos procesos terapéuticos, aunque no sea un coterapeuta, ni esté “haciendo terapia”. Reconocer esto significa entender que forma parte del ecosistema emocional del paciente. Esto no debe confundirse con atribuirle un rol clínico. Desde esta perspectiva, el vínculo humano-animal no se interpreta como un añadido, sino como un aspecto central de la experiencia psicológica de muchas personas.

Tema: Animal como parte (activa) del proceso

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El animal en el proceso terapéutico

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Animal como parte (activa) del proceso

Procesos psicológicos en los que el animal influye.

Cuando el animal de familia impacta en el mundo afectivo del paciente, su presencia puede influir, de manera sutil pero poderosa, en múltiples dimensiones psicológicas. No hablamos de funciones “terapéuticas” en sentido estricto, sino de procesos relacionales que emergen de la convivencia y del vínculo. La psicología, desde un enfoque integrador y contextual, puede detectar y trabajar estas expresiones relacionales sin necesidad de dirigirlas o provocarlas artificialmente.

Emoción y regulación emocional.

Muchos pacientes identifican a su animal como un regulador emocional espontáneo: “cuando estoy mal, me calma”, “es el único que no me juzga”, “si no estuviera él, no saldría de la cama”. Estas frases lejos de ser proyecciones disfuncionales, son experiencias reales de co-regulación basada en la cercanía, la rutina compartida y la percepción de seguridad. Estudios como el de Applebaum et al. (2021) sugieren que los vínculos con animales pueden reforzarse especialmente en contextos de adversidad, actuando como refugios afectivos y fuentes de estabilidad emocional.

Diversos autores han descrito cómo el contacto con animales puede activar procesos fisiológicos que modulan el estrés (Beetz et al., 2012), favoreciendo estados de calma e inhibiendo la activación simpática. Pero más allá del nivel biológico, lo relevante desde la práctica psicológica es la función narrativa que cumple el animal: permite simbolizar emociones, contar sin exponerse directamente y ensayar formas de expresión emocional que luego pueden trasladarse a otros vínculos.

Motivación y adherencia

Cuidar de un animal implica asumir responsabilidades, establecer rutinas y mantener un cierto orden. En muchos casos, esto se convierte en un motor cotidiano que activa recursos de afrontamiento, refuerza la sensación de propósito y sostiene la adherencia a objetivos personales o terapéuticos. Un paciente con depresión puede encontrar motivación para levantarse y disfrutar de actividades significativas, como sacar a pasear a su perro. Esta activación no es menor: tiene un valor motivacional que, bien leído, puede integrarse en el proceso clínico como factor protector.

Aunque la mayoría de estudios se centran en contextos estructurados de terapia asistida, existen investigaciones que muestran cómo la sola presencia de un animal puede mejorar la motivación y fortalecer la alianza terapéutica, especialmente en población infantojuvenil (Arnskötter et al., 2024). Desde la consulta psicológica, esto invita a observar si la relación con el animal está contribuyendo a sostener procesos de cambio, a mantener el compromiso con la terapia o a activar recursos internos que estaban latentes.

Estilos vinculares y base segura

El vínculo con un animal puede ofrecer una experiencia de seguridad, confianza y disponibilidad emocional que no siempre ha estado presente en la historia de apego del paciente. Este tipo de relaciones puede comprenderse de forma especialmente útil desde el marco One Welfare, un enfoque que conecta el bienestar humano, animal y ambiental, y que fue formalizado inicialmente por Pinillos y colaboradores (2016; 2018). Desde esta mirada, el bienestar del paciente y el del animal se entrelazan en una red vincular mutua. A su vez, trabajos más recientes, como el de Leconstant y Spitz (2022), amplían esta perspectiva proponiendo modelos sistémicos que permiten leer estas interacciones como parte de un ecosistema relacional más amplio.

Esto implica reconocer que el modo en que nos vinculamos con ellos refleja, y en ocasiones repara, patrones vinculares previos. El profesional puede utilizar esta información para observar estilos de apego, dinámicas de dependencia o confianza que se manifiestan en esa relación y que también afectan a otras áreas de la vida del paciente.

Autorregulación y funciones ejecutivas: estructura a través del vínculo

Además de su valor emocional, el vínculo con un animal puede convertirse en un entorno cotidiano que potencia el desarrollo de funciones ejecutivas como la planificación, la flexibilidad cognitiva o la autorregulación. Estas capacidades, fundamentales para el bienestar psicológico, suelen trabajarse de forma explícita en terapia, especialmente con niños, adolescentes o personas que necesitan apoyo para gestionar sus emociones y conductas. Sin embargo, la relación con un animal ofrece una vía alternativa: implícita, relacional y sostenida en el tiempo. Atender sus necesidades, anticiparse a imprevistos, adaptarse a sus ritmos o regular el propio estado emocional para no interferir en su bienestar son experiencias que entrenan, sin etiquetas clínicas, habilidades cognitivas complejas de forma natural y significativa.

Desde este enfoque sensible al vínculo humano-animal, el profesional puede observar logros significativos que emergen fuera del marco terapéutico tradicional y que refuerzan el sentido de competencia, agencia y responsabilidad del paciente en un contexto naturalizado y seguro.

Vínculos que sostienen procesos de duelo.

Si hay una experiencia que pone a prueba nuestros recursos internos, es el duelo. Cuando una persona atraviesa la pérdida de un ser querido (sea un familiar, una pareja, una relación significativa o un cambio vital que desordena su mundo) suele enfrentarse a emociones intensas, confusión, cambios en la rutina y una sensación de vulnerabilidad que puede prolongarse en el tiempo. En estos escenarios, la presencia de un animal de familia puede convertirse en un sostén importante, no porque “haga terapia”, sino por el tipo de acompañamiento emocional que ofrece en la vida cotidiana.

Es importante aclarar que aquí no estamos hablando del duelo por la muerte del propio animal, un proceso que requiere un espacio diferenciado y que abordaremos en otro apartado. En este punto nos centramos en el papel que puede desempeñar un animal en el proceso de duelo por otras pérdidas, y en cómo su presencia influye en la elaboración emocional del paciente.

Numerosos trabajos señalan que los vínculos con animales pueden funcionar como amortiguadores afectivos en situaciones de pérdida humana, proporcionando continuidad, estabilidad y un tipo de compañía difícil de obtener por otras vías (Leonhardt-Parr & Rumble, 2022). No sustituyen el apoyo humano, pero sí introducen un elemento de presencia segura que facilita la regulación emocional en un momento de gran fragilidad.

El animal puede influir en estos procesos de varias maneras:

Regulación emocional

su cercanía y disponibilidad estable pueden amortiguar la angustia, disminuir la sensación de vacío y facilitar estados de calma cuando el dolor se vuelve especialmente intenso.

Estructura y continuidad

mantener rutinas de cuidado (alimentar, pasear, atender) ayuda a sostener un mínimo de orden y previsibilidad, algo especialmente valioso cuando el duelo amenaza con desorganizar todo.

Expresión emocional indirecta

hablar del animal, de su comportamiento o de lo que “ve” en él permite que la persona pueda simbolizar emociones difíciles sin sentirse expuesta. El animal funciona, en cierto modo, como un puente narrativo que facilita la expresión de lo que cuesta poner en palabras.

Base segura simbólica

para muchas personas, el animal representa una presencia estable que contiene, acompaña y ofrece un punto de referencia afectivo desde el cual reorganizar el dolor.

Nada de esto implica asignarle un rol clínico al animal ni convertirlo en agente terapéutico. Lo que hacemos es reconocer que, para muchos pacientes, su presencia forma parte del ecosistema emocional desde el que están afrontando la pérdida. Y que ignorarlo puede dejar fuera un elemento significativo del proceso.

Desde esta mirada relacional, el objetivo clínico no es idealizar esa función ni reforzarla sin más, sino comprender cómo se integra ese vínculo en la elaboración del duelo, qué sostiene, qué alivia, y qué puede estar encubriendo. En algunos casos, esa relación actúa como amortiguador afectivo. En otros, ayuda a restaurar la sensación de continuidad cuando todo parece fragmentado. Y en otros, simplemente ofrece un descanso emocional, un lugar donde la persona puede sentir sin tener que explicarse.

Sostener un espacio donde este lazo pueda nombrarse, sentirse y vincularse con el proceso de pérdida permite acompañar al paciente desde un lugar más amplio, más humano y más respetuoso con su red afectiva real.

Referencias

  • Arnskötter, W., Martin, S., Walitza, S., & Hediger, K. (2024). Effects of including a dog on treatment motivation and the therapeutic alliance in child and adolescent psychotherapy: study protocol for a randomized controlled trial. Trials, 25(1). https://doi.org/10.1186/s13063-023-07854-4
  • Applebaum, J. W., MacLean, E. L., & McDonald, S. E. (2021). Love, fear, and the human-animal bond: On adversity and multispecies relationships. Comprehensive Psychoneuroendocrinology, 7, 100071. https://doi.org/10.1016/j.cpnec.2021.100071
  • Leconstant, C., & Spitz, E. (2022). Integrative Model of Human-Animal Interactions: A One Health–One Welfare Systemic Approach to Studying HAI. Frontiers In Veterinary Science, 9. https://doi.org/10.3389/fvets.2022.656833
  • Leonhardt-Parr, E., & Rumble, B. (2022). Coping with Animal Companion Loss: A Thematic Analysis of Pet Bereavement Counselling. OMEGA - Journal Of Death And Dying, 89(1), 362-378. https://doi.org/10.1177/00302228211073217
  • Pinillos, R. G., Appleby, M. C., Manteca, X., Scott‐Park, F., Smith, C., & Velarde, A. (2016). One Welfare – a platform for improving human and animal welfare. Veterinary Record, 179(16), 412-413. https://doi.org/10.1136/vr.i5470
  • Pinillos, R. G. (2018). One welfare: a framework to improve animal welfare and human well-being. En CABI eBooks. https://doi.org/10.1079/9781786393845.0000
  • Prato-Previde, E., Ricci, E. B., & Colombo, E. S. (2022). The Complexity of the Human–Animal Bond: Empathy, Attachment and Anthropomorphism in Human–Animal Relationships and Animal Hoarding. Animals, 12(20), 2835. https://doi.org/10.3390/ani12202835

Recomendaciones de lectura

  • Applebaum, J. W., MacLean, E. L., & McDonald, S. E. (2021). Love, fear, and the human-animal bond: On adversity and multispecies relationships. Comprehensive Psychoneuroendocrinology, 7, 100071. https://doi.org/10.1016/j.cpnec.2021.100071
  • Leconstant, C., & Spitz, E. (2022). Integrative Model of Human-Animal Interactions: A One Health–One Welfare Systemic Approach to Studying HAI. Frontiers In Veterinary Science, 9. https://doi.org/10.3389/fvets.2022.656833

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