Índice del artículo
- Una presencia que sostiene
- Las Cinco Provisiones: una guía para comprender el bienestar animal.
- Proyección y vulnerabilidad: una mirada ética sobre el vínculo terapéutico
- Comprender para cuidar mejor.
- Referencias
- Recomendaciones de lectura
Bienestar animal:
¿Qué es bienestar animal?
bienestar-animal
Última actualización: 30 nov 2025
11 mins de lectura
Una presencia que sostiene
Hoy existe un consenso sólido en la comunidad científica sobre la capacidad de los animales, particularmente de los mamíferos, para sentir emociones primarias de forma muy similar a cómo lo hacemos nosotros. Si bien los perros y los gatos no perciben el mundo como nosotros, su arquitectura cerebral les permite experimentar estados mentales y emocionales que afectan de forma profunda a su bienestar. Esta conclusión, que ahora parece evidente, no siempre lo fue. Hace solo unas décadas aún se discutía si los animales podían sufrir. Sin embargo, el conocimiento acumulado de ciencias como la neurofisiología y la etología ha mostrado que la capacidad para sentir y padecer no surgió en un único salto evolutivo, sino como un conjunto de capacidades que se consolidaron a lo largo de la historia evolutiva.
Cuando hablamos de bienestar animal, solemos pensar en si un animal está “bien cuidado”, “sano” o “feliz”. Pero en realidad, el bienestar es un concepto complejo y dinámico, que no se limita a la ausencia de sufrimiento, sino que incluye también la posibilidad de experimentar emociones positivas, vivir en un entorno adecuado y desarrollar una vida que tenga sentido para el propio animal.
Desde el campo de la ciencia del bienestar animal, y especialmente a partir del trabajo de David J. Mellor y su equipo, se ha avanzado hacia una definición más completa e integradora. El bienestar animal se entiende hoy como el estado físico, emocional y conductual de un animal en relación con su entorno, incluidas las interacciones que mantiene con los seres humanos (Mellor, 2016). Esta mirada rompe con la idea clásica de las 5 libertades (que se centraba fundamentalmente en evitar el sufrimiento) y evoluciona hacia lo que Mellor define como el objetivo central: una vida que merezca ser vivida.
El bienestar animal positivo (Positive Animal Welfare) se define como el desarrollo pleno del animal mediante la experiencia de estados mentales predominantemente positivos y el desarrollo de competencia y resiliencia (Rault et al., 2025)
Tema: Bienestar animal
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¿Qué es bienestar animal?
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Este enfoque es ético y, además, profundamente operativo: facilita comprender cómo los distintos factores (nutrición, salud, entorno, conducta y emociones) contribuyen a la calidad de vida del animal. Según el modelo de las Cinco Provisiones (Mellor, 2017), un bienestar completo implica no solo prevenir el malestar, sino fomentar activamente estados positivos, como la seguridad, la curiosidad, la calma o el placer. Es decir, no basta con que el animal no sufra: debe tener la oportunidad de sentirse bien.
Como ha señalado la literatura reciente, este cambio de paradigma también se relaciona con la idea de bienestar positivo: una noción que reconoce que los animales tienen no sólo necesidades básicas, sino también necesidades emocionales que deben ser respetadas (Mellor & Beausoleil, 2015). Esto cobra especial importancia en contextos donde el animal convive estrechamente con personas, como es el caso de los animales de familia, que no solo dependen de nosotros para sobrevivir, sino que participan activamente en nuestras redes afectivas y relacionales.
En este contexto, es fundamental comprender que el bienestar animal es una variable oculta: no se mide directamente, sino a través de indicadores indirectos como el comportamiento, el estado físico o los cambios en la conducta (Mellor, 2017). Esto es especialmente importante para los profesionales de la psicología: aunque no tienen la función de evaluar clínicamente el bienestar del animal, sí deben poder identificar señales orientativas de malestar o bienestar, ya que estas pueden tener un impacto significativo en la relación con la persona y en el equilibrio emocional del sistema familiar. Asimismo, pueden ayudar a despertar conciencia en la persona sobre la necesidad de preocuparse por el bienestar de su animal, y procurarle los cuidados y recursos necesarios para mejorarlo.
Desde la mirada clínica, es importante incorporar al animal como parte del sistema afectivo del paciente. Si un animal sufre, enferma o presenta alteraciones de comportamiento, es muy probable que esto repercuta negativamente tanto en la calidad del vínculo como en el estado emocional de la persona con la que convive. En un plano estructural, Contalbrigo et al. (2024) muestran que en Europa siguen existiendo importantes lagunas normativas y éticas en la protección del bienestar de perros y gatos. Estas carencias no solo afectan al animal, sino también a las relaciones que las personas establecen con ellos, porque dificultan un marco coherente que permita entender, proteger y apoyar adecuadamente estos vínculos. Su análisis subraya que la mejora del bienestar animal requiere un enfoque One Health y marcos de trabajo transdisciplinares en los que la psicología pueda aportar una lectura relacional del bienestar.
Por eso, el bienestar animal no puede entenderse de forma aislada ni reducida a parámetros biológicos. En el marco de la psicología que tiene esta mirada respetuosa hacia los animales, es clave asumir que el bienestar de éstos forma parte del sistema de salud relacional del paciente. Y que una relación sana y beneficiosa no puede existir si una de las partes (el animal) está siendo invisibilizada, instrumentalizada, sobrecargada o proyectada como mero regulador emocional.
Las Cinco Provisiones: una guía para comprender el bienestar animal.
Para aterrizar el concepto de bienestar animal en la práctica, uno de los marcos más sólidos y aceptados hoy es el propuesto por David J. Mellor: el modelo de las Cinco Provisiones (Mellor, 2016, 2017). Esta propuesta amplía la mirada clásica que ponía el foco en evitar el sufrimiento, incorporando de forma explícita el fomento de estados emocionales positivos.
Este modelo parte de la premisa de que el bienestar no es una condición binaria, estar bien o mal, sino dimensional, sensible a las condiciones del entorno y a las capacidades emocionales del animal. Cada provisión representa un área clave que debe ser atendida para asegurar una buena calidad de vida. Y todas ellas, juntas, están orientadas a facilitar la quinta dimensión del modelo: el estado afectivo del animal, que se considera el objetivo último del bienestar.
Las cinco provisiones son:
Buena alimentación
Garantizar acceso constante a agua y a una dieta equilibrada, adecuada a la especie, edad, estado de salud y nivel de actividad. No se trata sólo de evitar la desnutrición, sino de proporcionar placer en la alimentación.
Entorno físico apropiado
Un ambiente seguro, con temperatura, iluminación y espacio adecuados, que favorezca el descanso y la exploración. Esto incluye también la estabilidad y previsibilidad del entorno.
Salud física
Prevención y tratamiento del dolor, las enfermedades y las lesiones. Incluye la atención veterinaria, pero también la observación cotidiana por parte del cuidador.
Comportamiento apropiado
Oportunidad de expresar los comportamientos naturales de la especie: jugar, explorar, esconderse, cazar simbólicamente, marcar el territorio o buscar compañía, entre otros.
Estado mental positivo
Este es el núcleo del modelo. Un animal que dispone de las cuatro provisiones anteriores en equilibrio tiene más posibilidades de experimentar un estado global dominado por el placer, la tranquilidad, la curiosidad, el vínculo, la satisfacción o la seguridad.
Como recuerda Mellor (2017), estas provisiones no deben entenderse como un mero listado, sino como un marco dinámico, sensible a los cambios del entorno, a las etapas de la vida del animal y a las particularidades del vínculo que mantiene con las personas.
Desde la perspectiva de la psicología, este modelo ofrece una estructura valiosa para observar el vínculo humano-animal con mayor profundidad. No se trata de que el profesional evalúe técnicamente estas áreas (esa es tarea del veterinario o el etólogo), sino de que pueda reconocer cuándo alguno de estos pilares parece inestable y cómo ese desequilibrio puede estar afectando al sistema emocional de la persona.
Por ejemplo:
- Un animal con dolor físico crónico puede desarrollar conductas inapropiadas, que generen preocupación o impotencia en el cuidador.
- Un entorno pobre en estímulos puede incrementar el estrés y la ansiedad tanto del animal como de la persona, y dificultar así la convivencia.
- La imposibilidad de expresar conductas naturales (como esconderse, vocalizar, olfatear) puede generar frustración en el animal y, a la vez, malinterpretaciones por parte del humano (“me ignora”, “está raro”, “no me quiere”).
En todos estos casos, la lectura relacional del bienestar permite a los psicólogos acompañar mejor los procesos emocionales de sus pacientes, sin desvincularlos de la realidad del otro miembro del sistema: el animal. Además, introduce una dimensión ética fundamental: no podemos fomentar una relación que resulte beneficiosa sólo para uno de los dos.
Esta mirada integradora no convierte al psicólogo en veterinario ni en etólogo, pero sí lo posiciona como un profesional con sensibilidad para detectar señales indirectas de malestar animal y promover acciones de cuidado o derivación cuando sea necesario.
Proyección y vulnerabilidad: una mirada ética sobre el vínculo terapéutico
Uno de los errores más comunes (y menos visibles) en las relaciones humano-animal es la proyección emocional. Atribuir emociones, intenciones o capacidades humanas a los animales no es un problema en sí mismo (la empatía se basa precisamente en cierto grado de proyección), pero cuando ésta se convierte en el filtro único para interpretar la conducta del animal, puede derivar en atribuciones erróneas o distorsiones perjudiciales tanto para él como para la persona.
Algunos ejemplos frecuentes de estas distorsiones son:
- Creer que “quiere estar todo el rato con nosotros” cuando en realidad busca un espacio de descanso o autonomía.
- Interpretar una evitación como desobediencia o indiferencia, cuando puede tratarse de miedo, dolor o sobreestimulación.
- Asignar al animal un rol terapéutico o reparador, sin atender a su estado emocional o a los efectos de esa carga.
- Pensar que un entorno y estilo de vida adecuado para las personas, será también adecuado y suficiente para el animal.
Como señala Mellor (2017), el estado afectivo del animal no se puede observar directamente: es una variable oculta. Solo accedemos a ella mediante indicadores indirectos, como su comportamiento, su nivel de actividad, su interacción con el entorno o sus respuestas fisiológicas. Por eso, cualquier intervención psicológica que implique la presencia o el vínculo con un animal debe partir del reconocimiento de su vulnerabilidad estructural: depende casi por completo de las decisiones humanas, no puede poner límites verbales y su bienestar se construye en silencio.

Además, como ha puesto de manifiesto el estudio de Contalbrigo et al. (2024), incluso en contextos regulados como el europeo, sigue habiendo graves lagunas legales que permiten prácticas inadecuadas (como la selección de fenotipos extremos, la cosificación en concursos de belleza animal, o la ausencia de protocolos para animales de asistencia emocional). Esto refuerza la idea de que el profesional de la salud mental no puede desentenderse del bienestar del animal con el argumento de “no ser su área”. Al contrario: comprender los principios básicos del bienestar y detectar señales orientativas forma parte de una práctica ética y respetuosa.
Desde nuestro enfoque amable con los animales, esto se traduce en una intervención que:
- No idealiza ni instrumentaliza al animal.
- Reconoce su agencia limitada.
- Evita sobrecargarlo emocionalmente.
- Promueve su bienestar como condición necesaria para que la relación sea segura y saludable.
Este encuadre no pretende añadir tareas al profesional, sino ampliar su mirada clínica y relacional. Por ejemplo, si una persona refiere malestar emocional creciente y el animal con el que convive muestra cambios de conducta (apatía, hiperactividad, miedo, irritabilidad), puede ser útil explorar cómo se está configurando ese vínculo. ¿Se está convirtiendo el animal en el único regulador emocional de la persona? ¿Hay señales de sobrecarga? ¿Está recibiendo cuidado y atención adecuados?
Estas preguntas no buscan culpabilizar, sino abrir la puerta a una intervención más integradora y consciente. Una relación humano-animal puede ser una fuente inmensa de consuelo, motivación y pertenencia. Siempre que ambas partes estén siendo vistas, respetadas y cuidadas.
Comprender para cuidar mejor.
Integrar la perspectiva del bienestar animal en el trabajo psicológico no es una cuestión técnica, sino relacional, ética y humana. No se trata de que el psicólogo actúe como veterinario ni de que convierta al animal en objeto de análisis, sino de asumir que en todo vínculo significativo hay una corresponsabilidad emocional.
Cuando hablamos de bienestar animal hablamos también de límites, de escucha, de presencia consciente. De saber ver al otro como un ser con necesidades propias, con un lenguaje diferente, pero no por ello menos válido. En el contexto del vínculo humano-animal, este tipo de mirada no sólo previene el sufrimiento evitable, sino que potencia la calidad de la relación y su valor terapéutico.
El modelo de las Cinco Provisiones (Mellor, 2016) nos ofrece un marco práctico y actualizado para pensar este bienestar de forma estructurada. Y al incorporarlo en la lectura relacional del paciente, ampliamos nuestra capacidad para comprender los sistemas afectivos en los que habita. Porque el bienestar de quien cuida no puede desligarse del bienestar de quien es cuidado, especialmente cuando este último (el animal) no tiene otra voz que la nuestra para protegerlo.
Los siguientes contenidos del bloque explorarán con mayor detalle herramientas, criterios y situaciones concretas en las que esta mirada puede marcar una diferencia clínica y ética.
Pero este punto de partida es fundamental: no hay vínculo saludable si el otro está sufriendo. Y no hay intervención psicológica verdaderamente relacional si no atendemos también a los efectos del malestar animal en la estabilidad emocional de la persona.
Referencias
- Contalbrigo, L., Normando, S., Bassan, E., & Mutinelli, F. (2024). The Welfare of Dogs and Cats in the European Union: A Gap Analysis of the Current Legal Framework. Animals, 14(17), 2571. https://doi.org/10.3390/ani14172571
- Mellor, D., & Beausoleil, N. (2015). Extending the ‘Five Domains’ model for animal welfare assessment to incorporate positive welfare states. Animal Welfare, 24(3), 241-253. https://doi.org/10.7120/09627286.24.3.241
- Mellor, D. (2016). Updating Animal Welfare Thinking: Moving beyond the “Five Freedoms” towards “A Life Worth Living”. Animals, 6(3), 21. https://doi.org/10.3390/ani6030021
- Mellor, D. (2017). Operational Details of the Five Domains Model and Its Key Applications to the Assessment and Management of Animal Welfare. Animals, 7(8), 60. https://doi.org/10.3390/ani7080060
- Rault, J., Bateson, M., Boissy, A., Forkman, B., Grinde, B., Gygax, L., Harfeld, J. L., Hintze, S., Keeling, L. J., Kostal, L., Lawrence, A. B., Mendl, M. T., Miele, M., Newberry, R. C., Sandøe, P., Špinka, M., Taylor, A. H., Webb, L. E., Whalin, L., & Jensen, M. B. (2025). A consensus on the definition of positive animal welfare. Biology Letters, 21(1), 20240382. https://doi.org/10.1098/rsbl.2024.0382
Recomendaciones de lectura
- Mellor, D. (2016). Updating Animal Welfare Thinking: Moving beyond the “Five Freedoms” towards “A Life Worth Living”. Animals, 6(3), 21. https://doi.org/10.3390/ani6030021
- Mellor, D. (2017). Operational Details of the Five Domains Model and Its Key Applications to the Assessment and Management of Animal Welfare. Animals, 7(8), 60. https://doi.org/10.3390/ani7080060
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